Cualquier paseo por un bosque nos deja un visión de exuberancia. Una visión mágica de un lugar con un peso culturar ingente. La fantasía envuelve el ecosistema, los cuentos populares, las canciones la tradición oral siempre viajan por esos bosques. Ya sea la Selva Negra con sus abetales o un encinar mediterráneo. Las sombras, la densidad de las frondes nos lleva al imaginario escondido de lo que no vemos.
Cuando se piensa en lo oculto se piensa en seres desconocidos, seres que nos observan si que podamos verles, animales, fauna. Pero en un bosque, como en cualquier otro ecosistema existe la magia de aquellos que construyen el mismo. Los que no se ven y que no descansan en su trabajo por mantener los ciclos. Habrá quien diga que son lo mas bajo en el sistema, algunos los mencionan como anexos a lo visible. El bosque no lo es sin ellos. La dehesa no es dehesa sin ellos.
No solo son los hongo de pequeño tamaño invisibles, con ellos conviven multitud de seres vivos como colémbolos, ácaros y bacterias, entre otros. Estos invisibles son los descomponedores. Los que transforman la rama caída en fuste. Los que de bajo la hojarasca guardan el rico tesoro que hace perdurar al bosque. Son los imprescindibles, de los que poco se habla y que si desaparecieran el bosque quedaría sepultado en madera muerta. Y es que el término de madera muerta para definir aquellas ramas y troncos caídos o en pie, de árboles o arbustos muertos, no es muy acertada. Esa madera está si cabe más viva que cuando el árbol vivía. La descomposición de la madera es sinónimo de microecosistema. Allí no solo caben todos aquellos invisibles, sino que también podremos ver musgos y líquenes arropar la madera, al tejón guarecerse bajo el tocón, o al picapinos saquear.

Tocón de haya trasmocha. Madera muerta necesaria para el ecosistema.
La bonita visión de fantasía de un bosque no es solo la magia de toparse con un lobo, sorprenderse con el vuelo de un búho real o encontrar un colorido clatro. La magia es realmente comprender el ciclo que perpetúa ese lugar, hacernos partícipes de la delicadeza y a la par sólida construcción. La magia es que nuestra especie se sorprenda, entienda el funcionamiento y trabaje para no dañar a los invisibles. Que aunque algo no se vea o comprenda el daño no es menor. Hemos de aprender mucho en conservación cuando en la mayoría de os casos no contamos con los invisibles. Los invisibles son los menos estudiados y por tanto los más dañados al llevar a cabo actuaciones en prácticamente cualquier ecosistema.





